
Despistando al silencio que me he dejado crecer durante meses en el yermo, vuelvo a la ruta aturdido todavía por un predicado de resaca que me ha querido acompañar tras el festín dedicado a profanar rutinas de las que sólo yo puedo ser mi sepulturero. “Pocas cosas existen más desdeñables que la rutina y sin embargo abrazar comportamientos que van limitando la libertad se vuelve algo muy común” -comenta con una nota de perplejidad mi amigo J. Montero. Supongo que al cansancio acumulado por los hábitos forzosos como el trabajo y al cerco de fatigas impuesto por eso que hipócritamente se llama “vida social” y consiste en soportar a una serie de individuos próximos en el espacio pero nada semejantes en lo demás, se suma el hecho -filosófica y psicológicamente nada desdeñable- de que nadie está libre de ser libre frente al cual muchos experimentan un abismal abandono a sí mismos del que anhelan evadirse, en vez de tomarlo como una oportunidad para emprender acciones estimulantes desde el fuero interno; incluso puede que el único estimulante en tales casos sea el ansia que bulle tras esa búsqueda de la evasión que, pese a todo, no sería posible sin un acto inicial de soberanía consciente centrada en la decisión paradójica de olvidar que se es libre y, por tanto, condenada a perder la consciencia de forma recurrente según manda la costumbre.

