
Cuenta una infatigable leyenda, acaso tan vieja como la guerra o quizá no tanto como se imagina, que cuando los elementos fueron repartidos entre las criaturas del orbe el aire correspondió a las aves, las aguas a los peces, la tierra a las bestias y al hombre, que despertó tarde, solo le quedó el fuego, que empleó para luchar contra los reinos de otros seres -y aun contra las voraces oscuridades que brotaban de sí mismo- por alumbrar la ilusión de un lugar en el mundo.
NOTA: El simbólico abrazo de la serpiente es Lilith del prerrafaelita John Collier (1850-1934).


6 comentarios:
Hermosa alegoría. Quizás la más certera desde el Génesis, pero con la virtud de ser aun más concisa.
un saludo
Un honor compartir contigo emociones numinosas.
Cuanto me alegro de poder publicarte algún texto de vez en cuando.
Y yo de que encuentres motivación en mis ideas, algo menos aventajadas que las tuyas en su grado de inmersión en la truculencia...
Cómo extranhaba leerte! Me alegro de estar de vuelta, ya sabes que disfruto mucho tus textos. Ahora a ver si me da tiempo de leer todos los que no leí en mis meses perdidos.
La ilusion de un lugar en el mundo, en un mundo en reaccion exotermica alimentada por el ansia de fijar ese deseo que, inevitablemente, se fundira en eter.
Publicar un comentario en la entrada